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Se
podía hacer. Por increíble que pudiera parecer, era perfectamente
capaz de provocar una ola gigantesca, la más grande surfeada en
esta parte del planeta. Lo único que necesitaba era el material
adecuado pero científicamente se podía hacer y como se podía
hacer yo lo haría. Era muy importante que mis manejos no trascendieran
pues en ese caso sería imposible, nadie podría entender
que pusiera en juego la vida de todos los habitantes de la costa norte
de la Península por batir un absurdo record. No lo sabrán,
pero aunque me diera un arrebato e intentara publicarlo en todos los periódicos
y revistas científicas daría igual, nadie me creería,
no me prestarían ni la menor atención, pero se puede hacer
y yo lo haré.
Estas, mis tribulaciones, eran el resultado de duros meses de estudio
del lecho marino, sus fallas y pliegues, del estudio telúrico y
de la interpretación del comportamiento del magma.
La idea sobre la que se sustentaba el proyecto era muy simple. La plataforma
continental reposa sobre un colchón de lava que la mantiene en
movimiento. Si consigues provocar la fuerza suficiente podrás alterarla
y con ello habrás obtenido lo que necesitas, un terremoto, bueno
más bien un maremoto perfectamente pronosticado y en el lugar estudiado
previamente.
De tal forma que sabiendo dónde y cuando se producirá también
sabemos dónde y cuándo debemos estar, por lo que BINGO!!!
Habremos surfeado la ola más grande jamás soñada
pero sin poner en riesgo la vida de nadie pues la intensidad a aplicar
será proporcionada al tamaño que queramos conseguir y originaremos
tan solo una ola, el llamado Tsunami. Esa ola surcará el océano
sin que nadie lo perciba, excepto los centros especializados en detección
de tsunamis, que por aquí no hay la verdad y los que pudiera haber
no tendrán tiempo de entender que está pasando pues su trabajo
es como el de los astrónomos encargados de mandar señales
al espacio esperando obtener respuesta. El día que la tengan ni
se enterarán.
Mi tsunami adquirirá un tamaño considerable en cuanto encuentre
fondo llegando a medir unos 20 metros si las previsiones no fallan, algo
imposible de generar en la costa si no es por un maremoto pero no lo suficientemente
grande como para que el mar no se adentré en la tierra. O por lo
menos eso es lo calculado.
Esta idea me había venido de la lectura de un best seller de Ken
Follet, "Cabeza de Dragon", donde unos hippies desubicados chantajeaban
a las autoridades con provocar un terremoto en California si no se atendían
sus peticiones.
En ese momento pensé que la idea servía para mis propósitos
pues si consigo provocar un maremoto este generará una ola digna
de un rascacielos pero sin los riesgos y problemas derivados de un maretón.
No habrá series que nos puedan cazar, pues será, como hemos
dicho, una sola ola. Habremos avisado a todo el mundo que nos quiera creer
para que se alejen de la costa lo más posible por si algo falla,
en fin, lo tendremos todo preparado.
El primer problema que se me planteaba era estudiar el sitio exacto donde
aplicar la energía. Debía ser un lugar especialmente débil
telúricamente hablando. Sólo había tres zonas en
el Atlántico Norte. Una demasiado al Sur, a la altura de Cabo Verde,
a unos 2.500 Kms de la costa africana, una segunda en frente de Terranova,
demasiado lejos de nosotros imposible de controlar, les iría la
ola a ellos y en Terranova no hay muchos surferos, para que engañarnos
y finalmente el punto elegido, a unos 800 Kms del Cabo Peñas en
Línea Recta. Era perfecto. La ola tardaría unas 10 horas
en llegar a una velocidad de unos 70 kms/h, tiempo más que suficiente
para comprobar que todo sigue el plan trazado.
Segundo problema, diseñar la descarga de tal forma que podamos
dirigir la ola en una dirección concreta, Sur en este caso. En
caso de no lograrlo lo que conseguiríamos sería crear un
Tsunami descontrolado que acabara en cualquier sitio. Un riesgo inaceptable.
Con un explosión de una duración no superior a 15 segundos,
espaciada en tres pequeños intervalos de 5 segundos sobre los pliegues
adecuados originaría un corrimiento de tierras transversal que
daría el resultado deseado, lo conseguiríamos, no es cuestión
de ahogar a nuestros amigos irlandeses.
Tercer problema y más importante, cómo lograr esa descarga.
La explosión, a diferencia de lo que se pudiera pensar no necesitaría
ser bestial. Si enterramos el material explosivo suficiente (no más
de una tonelada de TNT) distribuida en tres paquetes a una profundidad
de 200 metros en el lecho marino tendremos la explosión controlada.
A 800 kilómetros de la costa en caso que la explosión fuera
mayor de lo esperado no ocurriría nada, estamos en medio del mar
y este amortiguará la onda expansiva y los únicos perjudicados
serían las sardinas, meros y chanquetes.
La profundidad del fondo podría plantear problemas pues estamos
hablando de unos 2.500 metros pero empleando un submarino adecuado, asunto
arreglado, luego detonaríamos la carga a distancia.
El submarino existe, el problema es que el coste de su desplazamiento
a la zona es muy alto pero ya estoy en conversaciones extremadamente secretas
con los de surfer rule y debido a su poderío económico de
sobra conocido por todos, lo costearían a cambio de la exclusiva
mundial.
Cuarto problema, ¿Dónde esperar la ola?¿Dónde
tocará fondo? Según mis cálculos, ninguno de los
picos convencionales resistirían semejante masa de agua, pero ni
los más tamañeros por tanto habrá que ir a algún
outer reef desconocido hasta ahora. Había uno que se ajustaba a
las características deseadas a unos dos kilómetros de Luanco,
población asturiana que si algo salía mal nunca más
se dedicaría a la pesca, básicamente porque dejaría
de existir. El fondo originará una derecha que recorrerá
la bahía durante unos tres kilómetros para acabar placidamente
en las inmediaciones del puerto donde otra vez y por estar dragado la
ola desaparecerá al perder fondo como si de Cortes bank se tratara.
Si esto sale bien, Cortes será un juego de niños en comparación
con Tabloneros Point, pues es ese el nombre que le voy a poner en homenaje
a mi pico de playa preferido.
Huelga decir que la forma de pillar el olón deseado debe ser por
supuesto con una moto especialmente rectificada, aumentada la potencia
llegando casi al doble de caballos de lo habitual y es que la velocidad
que se necesitará será muy superior. Se deberá entrar
en la ola a unos 120 kms/h pues en otro caso la ola no será bajable
y no se podrá pasar la sección gigante que imaginamos se
formará y digo que imaginamos porque sólo lo podemos intuir,
nunca se ha visto.
Se da la circunstancia curiosa de que los Tsunamis que se producen con
cierta asiduidad en el Pacífico surcan el océano por debajo,
no se forma una ola alta si no que la vibración viaja por abajo
y cuando cogen fondo es cuando empiezan a crecer adquiriendo proporciones
gigantescas y desbordando la propia línea costera. Por eso son
tan demoledores, porque llegan sin avisar. Se cuentan historias de tsunamis
que arrasaron pueblos costeros dedicados a la pesca. Cuando los pescadores
volvieron a casa después de una jornada normal de trabajo se encontraron
con que no había pueblo, una enorme ola se lo había tragado
pero ellos no notaron nada. Irónicamente estaban más seguros
en el mar que en tierra. La Naturaleza es extraña sin duda.
EL
GRAN DIA
Pasaron los días
y los meses con gran rapidez. Todo estaba preparado por fin. La carga
colocada, el detonador preparado, la moto rectificada y en el pantalán
del puerto de Luanco, junto con otras tres motos preparadas por si fallaba
la primera y otras dos con fotógrafos. Equipo de rescate era absurdo
pues un wipe out sería tan demoledor como caer desde un 10 piso,
imposible sobrevivir, por lo que no creímos necesario contar con
ellos. El punto exacto de entrada en la ola calculado, la tabla será
irónicamente una seis pies, extraordinariamente pesada, con una
quilla central grande, muy grande y dos estabilizadores normales. Es una
tabla que no flotaría en caso de que no se la impulsara con el
fin de intentar absorber los enormes baches que se producirán.
El día una soleada tarde de Septiembre con el mar plato y con una
leve brisa del Sur que deja un aspecto de piscina al a veces salvaje Cantábrico
y luz de sobra para que las fotos sean impresionantemente claras, el cielo
azul intenso.
Todo estaba preparado.
Nos levantamos a las 6:00 a.m. y decidimos que la hora en que explosionaríamos
la carga sería a las 7:00 por lo que tendríamos a Rosita
(nombre que le dimos a la ola) sobre las 17:00 horas.
Sólo habría una oportunidad y sólo habría
un surfero, yo, por supuesto, pues sólo habría una ola.
Este es un dato que fue fácil primero porque no hay mucha gente
dispuesta a surfear una ola de 20 metros y además intentábamos
que todo fuera secreto.
El helicóptero estaría sobrevolando la zona desde dos horas
antes para que nos avisara si se adelantaba. Nosotros estaríamos
preparados desde las 12:00 p.m. en el punto de encuentro, con las motos
en marcha. La lancha de aprovisionamiento nos mantendría los depósitos
llenos.
- 7:00 a.m. Es la hora. Detónalo.
- De acuerdo. Y dicho esto, sin más preámbulos apretó
el botón. A partir de ese momento no podíamos saber si había
explosionado, si habíamos causado el maremoto y con él a
Rosita. Daba igual debíamos actuar conforme el plan previsto.
- En marcha, dije con frialdad, de aquí a diez horas habríamos
pasado a la historia o estaríamos muertos.
El helicóptero tal y como habíamos programado llevaba en
el aire desde las once de la mañana. Nosotros tras una última
comprobación, más de perfeccionistas que otra cosa, pues
ya lo habíamos hecho una y mil veces de manera compulsiva nos dirigimos
al punto donde haríamos historia.
Los fotógrafos en su sitio.
Mi piloto y yo estuvimos practicando la entrada en el punto justo durante
un buen rato, repetición de los cientos de horas que ya habíamos
intentado el mismo ejercicio en este último año.
De momento ni rastro de Rosita, es lógico todavía faltaban
4 horas como mínimo. El corazón parecía que me iba
a estallar.
A esa excitación le siguió la calma e incluso el aburrimiento,
el reloj no se movía, pero como todo en esta vida llega pronto
fueron las tres, luego las cuatro y finalmente las cinco menos cuarto,
si nuestros cálculos no habían errado Rosita debería
estar ya muy cerca por lo que nos pusimos en marcha. Me quité el
caso que pensaba llevar en un principio y después el chaleco salvavidas.
Era ridículo usar esas medidas de protección. Habría
sido como llevar un cortaúñas a la caza de un tiburón,
cualquier error y lo único que encontrarían de mí
sería el bañador.
El helicóptero dio el aviso, algo se movía a gran velocidad
a diez millas de nuestro punto. Todo iba bien, lo habíamos conseguido.
La parte más difícil había salido bien, La moto aceleró
generando un ruido insoportable más propio de un camión
Scania que de un juguete marino.
Era increíble, no habían pasado ni diez minutos y ya veíamos
una enorme sombra en el horizonte, a que velocidad viaja. El miedo me
invadió por primera vez ante la visión que antes sólo
pude imaginar. Es como cuando se habla del tamaño en la comodidad
y seguridad de un bareto, pero cuando estás ahí fuera es
otro asunto.
Ya no había tiempo para arrepentimientos. Agarré fuertemente
la cuerda y nos dirigimos al punto de entrada. De momento seguíamos
el itinerario tantas veces repasado. La ola era enorme pero no más
que una ondulación sin visos de romper. Pronto esto cambiaría,
en cuanto cogiera fondo.
Era ahora o nunca.
- Dale, es el momento.
La ondulación que en un principio no tenía más de
4 o 5 metros de altura de repente como por arte de magia empezó
a crecer de manera impresionante y ya había doblado su tamaño.
La moto aceleró a fondo y entró en su campo conmigo detrás.
La velocidad era vertiginosa, los ojos me lloraban por la velocidad, algo
que ni siquiera había previsto, con el caso y las gafas no se notaba.
Los mofletes me vibraban por lo que entré al mounstro completamente
ciego. Intuyendo el momento adecuado me solté y mi compañero
desapareció a toda velocidad, de repente el silencio. Yo seguía
a gran velocidad pero ahora solo impulsado por la inercia. De momento
era fácil. Estaba bajando una montaña haciendo Snow, podía
jugar con la ondulación, iba y venía de manera muy calmada,
divertidísimo. Pero de repente Rosita cogió fondo y empecé
un descenso vertiginoso hacia el take off que me pareció interminable.
La velocidad se duplicó por lo que a penas podía mantener
el control. Estaba en manos de Rosita o de mis cálculos que decían
que se formaría un brazo hacia la derecha. Y efectivamente así
fue pero una pared tan grande que no es posible describirla. Era gigante
pero perfecta y se dejaba surfear, la podía controlar, incluso
en algún momento me permití el lujo de frenarme y volver
hacia la espuma, era un gigante muy dócil.
Así seguí durante casi cinco minutos hasta que por fin llegamos
a la entrada del puerto y Rosita desapareció.
Mis gritos se podían oir hasta en Madrid. Todo había sido
perfecto. Los fotógrafos de las motos y el del helicóptero
lo habían grabado todo, la ola había superado los 20 metros
previstos y fue una derecha perfecta, finalmente desapareció sin
que nadie corriera el mínimo riesgo, de echo nadie se enteró
pues estábamos demasiado lejos de la costa.
Todo había ido demasiado bien. Lo tenía decidido, no repetiríamos
la experiencia, es demasiado peligroso y no hay que tentar a la suerte.
- Vamos, llévame al puerto, dije satisfecho.
Una última mirada al sitio donde había pasado a la historia.
- Dios, qué es eso. Si parece que viene otra ola, bueno no hay
tiempo para surfearla, la contemplaremos desde aquí, pero .......,
si parece ...... grande, muy gran...............
Avance de Noticias.-
Urgente, se ruega a todas las personas que viven en la costa salgan rápidamente
de sus casas y busquen algún lugar alto, repetimos, se ruega a
.... piiiiiiiiiiiiiiiii.
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