|
¿Pescado
fresco o congelado? Nos merecemos olas frescas y perfectas porque este verano ha sido demasiado largo, demasiado estéril, demasiado triste. No pedimos ya viajar a destinos donde el sol y las olas casi están aseguradas, no. Pedimos bastante más. Pedimos surfear en casa las mejores olas posibles, el sol en el fondo es solo un complemento. Y no es un imposible. Sabemos lo que es, lo tenemos muy reciente. El otoño e invierno pasados no se irán ya de la memoria surfera colectiva. De la misma manera que tampoco se irá de nuestras neuras esta birria de verano del dos mil dos. Sé lo que muchos de vosotros estaréis pensando: Tendrá morro el tío este. Ahora se va a poner a hablar de las olas del año pasado. Pues tendréis razón. Por qué, ¿de qué otra cosa podría hablar? Además ¿es o no es noticia la desgracia de verano que hemos soportado? ¿O no fue noticia la pedazo de temporada pasada que nos dejó baldados a todos? De todos modos volvéis a tener razón si mis excusas no os convencen. Esta vez os diré la verdad. A los fotógrafos surferos nos pasa lo mismo que a los pescadores. Si la costera de la anchoa o la del bonito no van bien, el bolsillo deja de sonar. Es
el momento entonces de buscarse las alubias sacando para vender el pescado
congelado del año anterior o de quedarse recordando tiempos mejores
al tiempo que se aprieta uno el cinturón. Yo en este caso he hecho
ambas cosas. Sacar el pescado congelado, recordar tiempos mejores y apretarme
el cinturón. Espero que sepáis disculparme. Que aunque congelado,
el bonito os sepa igual de jugoso, que las anchoas se os deshagan en la
boca con su rebozadito crujiente como si fueran recién pescadas.
O mejor aún, que las olas que acabáis de surfear os hayan
llenado tanto que no tengáis fuerzas ni para leer estas líneas.
|